¿Qué define a un personaje de Mario Vargas Llosa? ¿Es su actitud frente al mundo? ¿Su manera de hablar? ¿El humor con el que están escritos? Tal vez todo eso en justa medida. Desde el lanzamiento de su primera novela, describir a un personaje como ‘vargasllosiano’ es dotarlo de un aura que lo distingue de los demás. Incluso si un personaje no ha sido escrito por Vargas Llosa, puede ser considerado ‘vargasllosiano’. Imitadores no le han faltado en tantas décadas.
"Lo característico de una novela es que al final el escritor no puede discernir entre aquello que procede exclusivamente de la imaginación y lo que [viene de la] memoria. Y eso es porque en el proceso de escribir ambas cosas se van fundiendo hasta formar algo completamente distinto", contó el escritor a el Comercio en 1987. Porque incluso gente real se convirtió en sus personajes; el escritor tomó momentos de sus vidas y los noveló, sea gente que conoció en persona o a sujetos históricos. Esta lista tiene un poco de ambas cosas.
Ya avanzada la novela es cuando se descubre que uno de los personajes principales, quien hasta ese momento no había sido identificado, era el Jaguar. El más bravo de los bravos del Colegio Militar Leoncio Prado había sido sistemáticamente humanizado, pero recién después el lector hace la conexión entre el ladronzuelo y el simulacro de justiciero, que es al mismo tiempo un bully. Protagonista del diálogo más complejo de la novela, un duelo verbal con el teniente Gamboa que pasará a la historia de las letras en español.
Con esa frase arranca la tercera novela de Mario Vargas Llosa. Santiago Zavala ‘Zavalita’, es un periodista como tantos en una ciudad hostil en un país de marras, donde él mismo se pregunta en qué momento se jodió su vida. El autor responde por medio de una travesía de altibajos donde el personaje, teniendo oportunidades para ser un “ganador”, vive lejos de cualquier logro, en la intrascendencia. La explicación está en una novela de 700 páginas, triste tesis sobre cómo un hombre se hunde por su propia mano.
De todos los personajes memorables que aparecen en “La guerra del fin del mundo”, el santo de los sertones es uno de los que más honda caracterización recibió por el escritor. Con la mente enfocada en una sola cosa, dirigió a una cantidad inmensa de desposeídos que, olvidados por el incipiente estado brasileño en el siglo XIX, se dejan arrastrar a lo que creen que será su tierra prometida. Conselheiro marca también el inicio de Vargas Llosa en la novela histórica, donde toma gente que existió y las inmortaliza con la ficción.
Para unos pocos es Elvira; para la mayoría, Mamaé, una mujer a la que la vejez ha convertido en una sombra plagada de todos los males imaginables, pero que en su juventud fue dueña de una fuerza de temer, decidida a no casarse en una sociedad donde la mujer solo era valiosa para parir y mantener una casa. Protagonista de una obra de teatro que es en parte un ejercicio sobre cómo se crean las ficciones, en parte un retrato de la época, es también el rostro de las personas que hacen trabajo impago para criar hijos ajenos y que, aún al día de hoy, no son lo suficientemente reconocidas.
Y esas tres últimas palabras son las que caracterizan a Pantaleón Pantoja, obediente milico comisionado a un trabajo imposible: establecer un servicio de prostitución para beneficio de la soldadesca en la selva que ha demostrado, en repetidas ocasiones, conductas violadoras. Por medio de diálogos e informes militares, Vargas Llosa crea a un Pantoja que se toma en serio su trabajo hasta el mínimo detalle, en páginas cargadas de un humor inusual para su obra hasta ese momento. Un personaje recto que, progresivamente, se rinde a la dictadura de su entrepierna.
Presente en múltiples obras del Nobel, el sargento de la Guardia Civil Lituma es un criollo de aquellos al que, como buen protagonista, siempre le pasan cosas. O al menos conoce a gente a la que le pasan cosas. Es por medio de su mirada (es muy buen observador) que el espectador conoce detalles clave de las novelas. Siempre con un comentario gracioso en la punta de la lengua, Lituma vive al borde del abismo. Si no se cae, es por terco; y si cae, ya se levantará solo. Y el círculo así continúa.
Una mujer comprometida con los oprimidos de la sociedad es lo que presenta Vargas Llosa con su versión de Flora Tristán, nacida de una profunda investigación (algo que sería una constante en su producción tardía) sobre la luchadora social, así como la vida en Francia en el siglo XIX. La narración del libro actúa como una especie de conciencia del personaje, quien reflexiona sobre aspectos clave de la experiencia femenina (la maternidad, el trabajo no remunerado, el abuso por parte del hombre) en un mundo que no tiene intenciones de escucharla.
Dicen que en las historias de amor, el protagonismo y antagonismo son características de la pareja central; ambos se turnan los roles. Y al menos en esta novela, la Tía Julia arranca como un ser antagónico, ganándose la antipatía de Mario, ya después ambos sucumben al placer. Que protagonista y escritor compartan nombre no es casual, al igual que tía, basada en la primera esposa del novelista, Julia Urquidi (su tía real). En una sociedad donde se confunde el silencio femenino con la buena educación, ella dice lo que piensa, con humor y desparpajo.
¿Cómo escribir sobre un sátrapa, una persona con el poder y la voluntad de poner a un país de rodillas? La respuesta está en Rafael Leónidas Trujillo, alias ‘El Chivo’, dictador de República Dominicana que el Nobel convirtió en un personaje literario de escasa paciencia y mucho menor autocontrol, que mataba por puro capricho a opositores políticos o a gente común que, simplemente, le causaba antipatía. Un tipo con campo gravitatorio propio, que medía su valor como hombre por el kilometraje sexual, a cuyo alrededor prosperaron otros granujas. Un retrato del poder al desnudo.
¿Dónde acaba el personaje y dónde empieza la persona? Esa es una pregunta que los biógrafos de Mario Vargas Llosa se harán en los próximos años. Lo que es indiscutible es que para formularla tendrán que considerar lo dicho por el autor en “El pez en el agua”, autobiografía que muestra un vistazo íntimo al escritor, desde su infancia hasta su candidatura a la Presidencia de la República. Todo escritor elige lo que quiere contar para crear un personaje, y cuando habla de sí mismo en primera persona la situación no es distinta. El Vargas Llosa del libro tiene mucho en común con la persona real, pero solo hasta donde él mismo lo permite. Un reflejo borroso, pero no por ello menos vívido.